Gilberto Santa Rosa recuerda su primer aplauso


Confesión del “Caballero de la Salsa”. El cantante repasa sus orígenes y comparte el significado tan grande que tiene el público boricua en su vida.

Muchos de los que siguen la carrera de Gilberto Santa Rosa saben que ha sido galardonado con el Grammy Latino en cuatro ocasiones, que ha compartido escenarios con intérpretes como Celia Cruz y Oscar D’León, y que además de la salsa ha incursionado en géneros como la balada y el bolero.

Pero no todos conocen que en su tiempo libre no hay nada más valioso para él que el calor de su hogar, que es un fiel creyente del romanticismo y que es un bebedor asiduo del café –un mínimo de 5 tazas al día-.

Tampoco, que adora a los animales, que El Gran Combo tiene una gran “responsabilidad” en que haya decidido dedicarse a la música a nivel profesional, y que fue un desaire amoroso lo que lo llevó a cantar por primera vez frente a un público.

El sabor del aplauso sigue iluminando su alma. En su mundo, ese sonido peculiar continúa con un significado especial, tanto como cuando lo experimentó por vez primera en su infancia.

“El primer aplauso no me lo dieron cantando”, rememora el cantante. “El primer aplauso yo lo recibí en la escuela. Y lo que hice fue imitar a un dúo de comediantes (‘Bachiller’ y ‘Pancholo’) que había bien famoso para entonces. Y me aplaudieron, y me gustó”, detalla. “Me junté con un amiguito, me aprendía las cosas y se las decía a él y montábamos un sketch corto”.

Ahora bien, su primera presentación musical llegó poco después, también en la escuela.

“Fue en segundo grado, y empecé a cantar por despecho”, revela entre risas. “Estaba muy enamorado de una nena del segundo grado. Yo pensaba que cantando iba a tener resultado. No tuve ninguno amoroso, pero sí me regaló una carrera”, reflexiona. “Fue en un programita de la escuela”, comparte. Se trataba de una canción del dúo Nelly y Tony Croatto que se llama Azúcar. “Canté con un amiguito que, lamentablemente, falleció en estos días, José Cruz, “Cheito”. A su tierna edad de 5 o 6 años ya tocaba la guitarra y podía hacer segunda voz”.

A raíz de esta presentación, surgieron otras, y fueron esas vivencias las que lo fueron dirigiendo por ese camino musical donde más tarde se destacaría a nivel profesional.

Por qué la salsa

“Según tú vas creciendo y vas madurando, los objetivos van cambiando”, analiza el artista, quien en 2013 se casó con la presentadora Alexandra Malagón. “Primero quería ser un cantante de lo que fuera. Después me fui ubicando en esta música. Después, quise ser cantante de orquesta. Y después, quise ser solista. La meta siempre fue estar (en la música), poco a poco”.

El intérprete de Vivir sin ella rememora cuando comenzó a sentirse inclinado por el género musical con el que más se ha dado a conocer. “Soy cantante de salsa gracias y por culpa de El Gran Combo de Puerto Rico. Decía de broma que debía haber sido un buen abogado o un buen carpintero, un buen contable, pero no, vi a esa gente en la televisión y dije: ‘Eso que está haciendo esa gente lo quiero hacer yo’”, confiesa entre risas.

Más adelante, conoció sobre el cantante Tito Rodríguez, de quien se convirtió en un fiel admirador. “Vino a Puerto Rico y puso un programa de todos los martes a las 9:00 de la noche”, recuerda. “Me gustó todo lo que veía, la elegancia, la calidad, lo que se oía, las presentaciones que hacía Tito, igual que El Gran Combo, que siempre estaba de punta en blanco”.

Santa Rosa menciona que en la salsa encontró “como decía aquel famoso slogan, lo mejor de los dos mundos”. Recuerda que al lanzarse como solista, en los ochenta, había el movimiento de la salsa romántica erótica. “Eran canciones que para aquel tiempo eran medio escandalosas. A mí nunca me gustó esa onda, y me metí por la parte de las canciones más románticas”, declara “el Caballero de la Salsa”, quien no descarta para este año realizar un espectáculo en el Carnegie Hall en Nueva York, donde se presentó con gran éxito en 1995.

Con los pies en la tierra

Su trayectoria abarca más de tres décadas. Sus éxitos lo han llevado a volar lejos, a viajar a tierras lejanas para llevar su música y sentir la admiración de un público internacional. Pero su corazón y sus valores lo mantienen con los pies en la tierra. Esto, gracias a la crianza que derivó de sus padres, a esos valores que, además, tuvo presente en la crianza de sus hijos.

“Tuve una casa con padres que se ocuparon mucho de eso”, señala con nostalgia sobre quienes considera sus personajes favoritos. “Ninguno cantaba, ni era músico, ni mucho menos. Pero me decían: ‘Mira, ningún oficio ni ninguna profesión te da derecho a no ser un ejemplo’. Entonces, eso me lo inculcaron todos los días. Lo recuerdo todo el tiempo”.

Por otro lado, confiesa que “manejo mi carro, tengo una oficina que es el mismo medio de la ciudad, que todo el mundo sabe que estoy ahí. Entonces tengo una relación con el público de mi país muy familiar. A eso añádele que como empecé tan joven, todo el mundo me dice Gilbertito, como un familiar. Eso te hace estar en constante relación con la realidad”.

Un abuelo lucío

Una de las experiencias que más disfruta la voz de Perdóname es la de compartir con su nieto, quien tiene dos años y medio. “Dicen que se quieren más (que los hijos), pero no es así. Es que se quieren diferente”, analiza con firmeza el padre de Miredys, Gilberto Joel, Omar y Javier. “Recuerda que cuando mis hijos eran pequeños, yo era un muchacho que tenía veintipico de años, que estaba tratando de una levantar una carrera y una familia a la vez. No me estoy justificando, pero toda la realidad es completamente diferente a cuando eres abuelo”, compara el artista, quien está a la espera de una nieta en marzo. “Voy a tratar, hasta que no choque con la crianza que sus papás le estén dando, de inculcarle algo de lo que aprendí”.

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